Así sucedió mi historia...
Era la década de los años 50 y la radio vivía momentos de gran popularidad. Desde Radio Madrid, (versus Cadena SER), los actores Pedro Pablo Ayuso y Matilde Conesa, se llevaban la palma interpretando la novela radiofónica "Lo que nunca Muere", de Luisa Alberca y Guillermo Sautier Casaseca, la serie de mayor éxito de entonces.
Las calles se quedaban vacías y en silencio y las familias se reunían con gran solemnidad alrededor del aparato de radio para escuchar en directo el capítulo del día.
En mi caso, aparte de tragarme aquellos novelones de la época, (autorizados para todos los públicos), lo que de verdad me divertía era escuchar en directo programas relacionados con noticias, entrevistas, entretenimiento y concursos para los invitados a las emisoras. Entonces todo se hacía en directo… Joaquín Soler Serrano, locutor de Radio España, adquirió fama poniéndose cada semana al frente de uno de ellos; para mí el más divertido de todos los que se emitían.
Era el entretenimiento de moda y por ello nos apuntamos mi amigo Pepe y yo dispuestos a probar suerte. Tuvimos el valor de acercamos una mañana y probar a apuntarnos a la espera de ser llamados por la emisora…. Y tuvimos suerte. Después de un mes de espera interminable llegó a mi dirección un sobre con dos invitaciones para poder acudir al próximo programa… Por fin iba a conocer un estudio de radio por dentro y quién sabe qué cosas más…
Llegó el día señalado y allí estábamos los primeros, esperando y haciendo cola en la calle. Se abrieron las puertas y los asistentes nos fuimos acoplando con orden en nuestra localidad. ¡Qué emoción! Había carteles luminosos por todas partes que de forma intermitente pedían al público: ¡SILENCIO! Así era el directo…
Pasados unos minutos apareció por una puerta J. S. Serrano, como conductor del programa, —entonces se decía así, —y los mismos carteles cambiaron ahora el título para pedir: ¡APLAUSO!
Había gente en los pasillos que lo hacían más que el resto y calentar así más el ambiente. Eso me llamaba la atención…
Hubo de todo: intérpretes de canciones, entrevistas con famosos, curiosidades, humor, etcétera. Todo ello mezclado a ratos con anuncios de los patrocinadores. (Los aplaudidores o claqueros seguían aplaudiéndolo todo).
Ahora llegaba la segunda parte del programa, la que más nos interesaba.
De nuevo los carteles volvieron a pedir: ¡SILENCIO!
Comenzaba el concurso… El presentador indicaba al público los pasos a dar para seleccionar participantes. Mediante un sorteo al azar, serían tres los oponentes, y serían llamados por el número que aparecía impreso en la invitación.
¡Qué tensión entre el público...! Todos pendientes de su papelito.
Y comienzan a nombrarse los números extraídos del bombo... Fueron nombrados los dos primeros, no era el nuestro. Lástima… Estaba terminando el sorteo. El presentador pasó a pronunciar el tercero. Mete la mano de nuevo y levantando la bolita se oye en el estudio el último número…
—¡El 43!…
Como en un partido de tenis, los asistentes, (que conocían la sala de otras veces), se volvieron hacia atrás mirando hacia mi zona…
—¡Anda! si es el tuyo… me grita mi amigo Pepe Conde soltando una risa.
No me lo podía creer… Sorprendido y levantando el brazo mostré mi invitación en la mano con el número 43.
—¡Yo!, ¡Yo!, grité comenzando a caminar por el pasillo… No era posible, iba a participar en el concurso…
Estaba tan nervioso que al subir al estrado tropecé con un foco del suelo y el presentador, un tipo enorme y simpático, —estrechándome la mano por mi torpeza,—me animó comentando algo entre las risas del público: "A nuestro concursante le gusta bastante el 43". (El licor 43 era la bebida de moda del momento).
Pero… ¡puñetas! eso de que me observaran tantas personas al andar pudo ser la causa de tambalearme y tropezar… En las risas también debieron de intervenir los de la claque, los mismos que aplaudían para animar el ambiente. Pero para mí no tenía tanta gracia la cosa...
Me coloqué al lado del resto a esperar instrucciones... El PREMIO consistía en adivinar en 20 segundos la hora que figuraba en un reloj marca "Certina" valorado en 20.000 pesetas de entonces, guardado y sellado en una caja que tenía el locutor en sus manos.
Todos los concursantes teníamos que decir por orden de llamada y en voz alta una hora entre la una y las doce. Si era la misma que figuraba en el reloj… ¡PREMIO! Ya tenía mi hora pensada…
—¡Las 3 en punto! Dice el primero…
—¡Las 6 en punto! Se oye la voz del segundo…
—Y llega mi hora... jajaja… No lo pensé dos veces…
—¡Las 12 en punto!… pronuncié con decisión.
En silencio todo el mundo fueron pasando los segundos mientras el presentador hacía los honores a la marca dejando oír la música y el eslogan:
—¡Ha llegado CERTINA! "El reloj de precisión más fina".
Con mucha calma, a continuación J.S.Serrano abre la caja y enseñando el contenido al público anuncia la hora que figuraba en el reloj:
—¡La hora mágica que tiene CERTINA es…. ¡ LAS 12,00 EN PUNTO!
—¡Es mi hora, es mi hora!!! dije entre risas y aplausos del público…
(De nuevo los de la “claque” volvieron a animar la sala con aplausos).
¡¡¡Casi todo el mundo tiene suerte!!!
TA&TO