martes, 5 de noviembre de 2013

El anillo

Se colocaba siempre en primera fila, a la izquierda de la clase y se la veía tan segura de sí misma, que incluso imponía. Pero si te fijabas un poco en su mirada, te decía que no era así, que ella imponía, sí, pero no de esa manera. Había algo en aquella mirada y en su forma de moverse que pedía un cartel que pusiera "Cuidado: Muy frágil".

Cuando él llegaba, ella ya estaba allí, moviendo su pie derecho muy sutilmente, mirando hacia un lado, hacia el otro, a las otras alumnas, pero nunca hacia el espejo cuya imagen devolvía clara y nítida.

Ella nunca se recreaba en su imagen, cosa que a él le tenía intrigado. Estaban en un gimnasio y allí, era lo que todos hacían, cultivar su cuerpo  y mirarse en el espejo, tuvieran o no una complexión de la que presumir.

Ella no. O no lo necesitaba o la imagen que tenía delante no le interesaba lo más mínimo. No era una mujer espectacular, no tenía un cuerpazo ni una melena de anuncio de champú, pero en todo su conjunto era una mujer muy atractiva. Los rasgos de su cara estaban perfectamente definidos, una boca de escándalo y unos enormes ojos rasgados. La sensualidad de su pecho y escote te explotaba en la cara con solo mirarlos, lo que hacía que no te fijaras en exceso en su menudo aunque bien proporcionado cuerpo. Un cuerpo y una cara de alquien ha vivido más de 30 añosy posiblemente también más de 35, lo que la convertía en una una mujer que le sacaba ... bueno, eso no importaba.

A él le gustaba verla hacer sus ejercicios al ritmo que él imponía. Primero ABD luego GAP. Durante aquella hora, en su imaginación ella era totalmente suya. Ella atendía cada una de sus palabras como si nadie más hubiera en la sala. El mandaba y ella hacía, ella y los otros 15 alumnos más... pero sólo ella se movía a su ritmo, sólo ella se coordinaba a la perfección con él. Su imaginación se disparaba. Debía controlarse, había 15 alumnos más en clase. Pero él sólo tenía su mente puesta en ella, lo que le irritaba profundamente porque no podía permitirse recrearse observándola como ella se merecía. No soportaba perderse ni uno solo de sus gestos, cada uno de sus movimientos. No creía que hubiera algo más sensual que su mano retirándose el mechón de pelo que se escapaba rebelde de su coleta. Pero ese mismo gesto era el que le devolvía a la realidad. Como un puñetazo. Su mano, aquel brillo dorado. Aquel maldito anillo de casada. Ahí estaba la prueba de que ella era de otro y de que él solo podía disfrutarla cada martes de 19 a 20 horas. Una hora cada semana.

Una hora en la que sólo intercambian unos corteses "Hola" y "Gracias, hasta la próxima semana". Un saludo y una despedida. Si tenía suerte, cruzaban sus miradas en mitad de un ejercicio y si era un día afortunado, ella le dedicaría una tímida sonrisa. La sonrisa más bonita que jamás él hubiera visto.

Y así fue durante 3 meses. Pero un martes no acudió. Tampoco al siguiente. Ni el martes posterior. Ni el mes que despedía al invierno. No dormía. Ahogo. Vacío. Sentía que le faltaba el aire cuando se cerraba la puerta de la sala y ella no ocupaba su lugar en primera fila. Pasaron semanas. Y llegó el verano tras una larga primavera.

Y de pronto, cuando pensaba que nunca más volvería a verla, su sonrisa iluminó aquella oscura sala y la luz entró a raudales tras ella. Le dedicó el sencillo "Hola" de siempre,  como si hubiera acudido a clase la semana anterior, como si no hubiera estado ausente. Su "Hola".

La clase comenzó. Su piernas temblaban. Su pulso se aceleraba. Hacía mucho calor ¿o era él que sudaba de emoción por verla desprenderse de su goma del pelo? Se retiró el mechón de su cara, pero estaba vez nada le cegó. No había brillo dorado.

Sonrió.