Como todas las mañanas, en el
vagón no cabía ni un alfiler. El joven de la gabardina viajaba agarrado a la
barra alta con la correa de su portátil clavándosele en el hombro. El micrófono
acababa de anunciar Tirso de Molina y el hombre gordo que tenía justo delante se
disponía a levantarse para salir. Con presteza, el joven consiguió sentarse en
el asiento que acababa de quedar libre. Su rostro reflejaba la satisfacción de
haberle ganado la partida al crio de la mochila que había pretendido sentarse
antes que él. Tras dejar la bolsa del portátil entre las piernas, sacó su móvil
y comenzó a escribir:
–Hacía tiempo que no pillaba un
asiento en el metro.
– A estas horas es casi
imposible –le contestó su mujer casi al instante.
–Ya – escribió.
Mientras miraba si tenía algún
correo nuevo, sonó el aviso de mensaje nuevo:
–Habrás visto que he dejado el
desayuno sin recoger. Ni tiempo he tenido de pintarme. Se me pegan las sábanas
todos los días.
–Lo recojo yo cuando vuelva. Hoy
salgo a las dos – contestó él enseguida.
–¿Te pasas tú luego a recoger a las niñas? Te recuerdo que hoy
tengo dentista.
–Sí, sí. Me acordaba – escribió.
–Este sábado cenamos con Pepe y su nueva pareja.
–Menudo rollo. Pepe es un
pelmazo.
Y añadió una carita de sueño
para suavizar la frase, pero es que no podía soportar a su cuñado.
– No nos queda más remedio.
–Pues me voy a perder el partido.
–Grábalo y lo ves el domingo.
–No es lo mismo.
–¿Te he dicho que han
despedido a Juan?- preguntó ella tras
una breve pausa.
–No – escribió, y añadió una carita de sorpresa.
–Pues sí.
El micrófono del vagón anunció
Noviciado. El joven había empezado a escribir que no le extrañaba nada, porque
siempre le había parecido una persona poco trabajadora, pero lo borró al ver
que su mujer volvía a recordarle que tenía que recoger a las niñas:
–que siii– escribió de nuevo, y
añadió una carita con el ojo guiñado.
–Bye. Te veo luego.
–Ok
–Besos
–Besos– escribió él a tiempo que
recibía un tremendo pisotón de la mujer que viajaba a su lado y que en ese
momento se levantaba para salir precipitadamente del vagón.
Con gesto de dolor el joven
levantó la vista de su móvil para seguir a la joven con la mirada. Ya en el
andén, ella se quedó mirándole.
–¡No te olvides de las
niñas! –le dijo ella a través de los cristales.
–¡que sí! – contestó él haciendo
un gesto con la mano para tranquilizarla.
Y tras lanzarle un beso volvió a concentrarse en
la pantalla de su móvil al tiempo que el tren salía de la estación.
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