Se sentía mal y no tenía muy claro por qué.
Siempre que recordaba aquellos días deprimidos la imagen que le venía a la cabeza era la del semáforo de la calle Puerto Rico, ese semáforo en el que se paraba todas las mañanas camino del trabajo, el mismo que le desconectaba de la realidad y le recordaba hacia dónde se dirigía, día tras día la misma letanía, el mismo trabajo, las discusiones con Sabino, su jefe, los mismos problemas…
Aquellos días consiguió superarlos con un simple cambio de actitud, sonriendo cambió la imagen negativa que proyectaba. El camino no fue de rosas, pasaron semanas hasta que le reclamaron para el nuevo proyecto en el departamento de ventas, pero volvía a salir el sol, recobraba la ilusión.
A pesar de todo aquel semáforo le seguía atormentando, sólo él sabía que el cambio no procedía de su lucha interior, la sonrisa se la había devuelto aquella cosita de apenas 3 kilos que se había cruzado en su vida comiendo, llorando y durmiendo, porque el bebé no hacía otra cosa, aunque suficiente para hacerle recuperar la ilusión.
Aunque hoy era diferente, no tenía ese mismo sentimiento de ahogo de aquellos tiempos, ni siquiera estaba parado en el mismo semáforo. Tenía una sensación de ausencia, como si algo importante le faltara.
Se dio cuenta subiendo en el ascensor de la oficina, era el móvil lo que le faltaba. Lo habría olvidado en casa cargando, aunque no recordaba haberlo puesto a cargar anoche, no recordaba haber leído los últimos mails antes de acostarse.
Llamó a casa desde la oficina para preguntarle a Elena, pero ya habían salido hacia el colegio, nadie estaría en casa hasta media tarde, cuando las peques volvieran de clase de inglés.
Lo primero que le vino a la cabeza fue la reunión con Julia, tenía que ver a Pedro y Pablo para rematarla. Se jugaban un año entero de trabajo y había apuntado las notas en el móvil, ¡después de semanas de anotar los puntos importantes de la reunión, se dejaba el móvil en casa!
No salió nada mal, lo habían preparado tanto que bordaron la presentación final, Pedro y Pablo por fin habían conseguido ese puntito de confianza que necesitaban para sacar lo mejor de si mismos, ahora es cuando tomaban sentido las horas de reuniones, de machacarles intentando que mejoraran la presentación, analizando cada palabra.
Durante la comida la ansiedad no le abandonó, suspiraba por ver su correo, sobre todo el personal, ¿habría contestado el headhunter la última petición que había hecho? Tampoco podía llamar para interesarse. Llevaba varias semanas en un proceso de selección y estaba a punto de tomar una decisión, sólo quedaba rematar la parte económica, el cambio era arriesgado y el aumento de bonus de entrada era una especie de prueba para la nueva empresa. Habían quedado en darle la respuesta hoy mismo.
Mientras intentaba tragar la plasta que habían llamado rissotto pensaba en cómo ese cacharro rectangular al que le duraba tan poco la batería le ayudaba a tomar decisiones en el día a día, había fallado a sus compañeros en la elección del restaurante, donde les quería premiar por el esfuerzo de estas últimas semanas, en el plato a elegir y tampoco había conseguido sortear el atasco, casi llegan tarde. ¿Qué más penurias le deparaba la tarde sin teléfono?
Aunque tenía pensado trabajar en casa el resto de la tarde se dirigió a la oficina, no podía comprobar si le habían puesto alguna reunión mientras había estado fuera y suerte que había elegido ir, el comité de Europa quería verle para repasar el plan de cierre de la operación.
Llegaría a casa tarde y tampoco le apetecía ir al gimnasio antes de bañar a Paula. Correr sin el móvil había perdido interés, no podía sumar kilómetros a su reto mensual y Roberto le ganaría esta semana su pique personal de actividades, le podía ver corriendo con el móvil en el brazo restando calorías. Quizás después de darles de cenar se animara a correr por la calle, aunque la basura que había dejado la huelga de barrenderos en Madrid le echaba la idea para atrás.
Cuando llegó a casa le recibieron con un abrazo, todavía quedaba tiempo para repasar los deberes junto con su hija y eso hizo que olvidara consultar el móvil, aquel correo importante, las llamadas perdidas, el muro de Facebook, quería saber si había tenido éxito la foto de la cena del día anterior, ¡esta vez había bordado la presentación del plato! seguro que le daría un extra de puntos en Klout.
Mientras su mujer daba de cenar a la peque se acordó del móvil temiéndose lo peor, no recordaba una tarde entera sin que le interrumpiera con sus diferentes sonidos y vibraciones, mensajes nuevos, tweets de sus amigos, nuevos comentarios en el blog, había miles de avisos que desviaban la atención de lo que hiciera hacia esa pantalla iluminada.
Efectivamente, el móvil no estaba donde solía dejarlo cargando, en ese momento lo vio claro, aquel chaval que se les acercó a la mesa donde tomaban cañas la noche anterior, que se fue sin darles mucho el coñazo con una sonrisa que le llamó la atención, aquel era el culpable de su desconexión.
Lo primero que le vino a la cabeza fue el responsable de IT de la empresa, haberle sermoneado delante de su jefe no les había convertido en los mejores amigos, ya le podía ver sonriendo de lado cuando al día siguiente le devolviera la cucaracha que había cambiado por su smartphone. Le costaría semanas hacerse con un dispositivo que le devolviera a su mundo virtual.
Mientras hacía un recuento de lo que había perdido en manos de aquel cabroncete su peque le pidió que le acostara. En la cama, tras una sonrisa que le volcaba el corazón, le dio un gran beso, uno algo más especial de lo habitual, mientras le susurraba al oído lo contenta que estaba por haberle dedicado toda la tarde, “Papá, ¿por qué otro día no dejas el móvil en la oficina como hoy? ¡Siempre estás con el tiqui tiqui ese y no me haces ni caso, hoy ha sido una noche genial!”
El estómago se le revolvió, por unos instantes se le volvió a aparecer el semáforo tan nítido que lo podía tocar, esa pequeñaja que 7 años atrás había conseguido ahuyentar sus fantasmas le recriminaba su falta de atención, la misma que le robaba aquella pantalla que le esclavizaba.
No tardó ni décimas de segundo en tomar la decisión.
Santiago Arias
Muy bueno Santi.....me ha encantado!
ResponderEliminarMe encanta!
ResponderEliminarMe alegro, llevo toda la semana dándole vueltas...
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